jueves, 22 de abril de 2010

Una mujer madura, risa y saudade

A Edgar De La Vega y Julio Lizarraga


Brasilia acaba de cumplir cincuenta años. Muchos la adoran porque tiene una calidad de vida inigualable. Quizás sea porque fue concebida por un arquitecto, Oscar Niemeyer, (aún vivo, con 103 años de edad); y el urbanista Lucio Costa, quienes tuvieron que soñarla y padecerla hasta hacerla una realidad, nada sencilla, en un lugar inhóspito y desértico, rebasada en la actualidad por las posibilidades del mismo proyecto, pensado para 500 mil habitantes, cuando ya cuenta con alrededor de 3 millones de personas.

Es una ciudad cargada de energía. Sus distancias son colosales, como las mismas obras que están allí sugiriendo una constante modernidad, aun cuando pasan los años, y los asombros se hacen más lentos.

Otros tantos andan disgustados con ella. Porque destronó a Río de Janeiro como la capital, porque ostenta pagos de impuestos elevados, porque una buena mayoría de sus habitantes escapa en avión a su lugar de origen para así poder descansar del agitado ritmo que implica recorrer las grandes distancias que tiene Brasilia, en forma de ave, arando la tierra del porvenir.

Planificada por el presidente socialista, Juscelino Kubitschek, quien posa en uno de los monumentos más visitados, dentro de una hoz, símbolo de la Unión Soviética comunista, hubo un desarrollo inmenso y en tiempo récord: cinco años bastaron para labrar esa gigantesca urbe, para trasladar los tres poderes públicos y hacer respetar la decisión de instaurar la capital, más allá del sueño mágico de Río de Janeiro.

En las alas habita la gente y en la punta están sectorizados todos los entes gubernamentales, edificios comerciales, instituciones culturales y un reacomodo de todos los establecimientos, universidades y demás fundaciones que hacen vida en una metrópolis moderna e intrigante que trata de no abandonarla inmensa suerte que tuvo al nacer, aún cuando hoy por hoy las estadísticas revelan que alrededor de un millón de pobres la rodean, en su mayoría, hijos de los candangos, quienes contribuyeron en el pasado a levantar este esplendor.

Pero el atractivo principal es su vitalidad. El Museo Nacional, un enorme edificio redondo que pareciera un enorme ovni instalado, de un blanco que paraliza constantemente la mirada. El Congreso, aún no mudado al nuevo edificio, con un gran espejo de agua y lo que parecen dos tazas de ofrenda en su techo; la catedral Nossa Senhora Aparecida (en remodelación), un lugar realmente inspirador en el latido espiritual de los hombres; la plaza de la Bandera, con la escultura de los candangos, fabulosos y desvalidos; los formidables parques dotados con todas las comodidades que se encuentran por doquier; las interminables calles que aguardan los sectores comerciales que parecen idénticos entre sí. Los centros comerciales que hablan del alto consumismo y del enorme ingreso per capita que se maneja allí.

Las universidades, los templos de casi todas las religiones del mundo, cerca unos del otro, en perfecta armonía; el puente sobre el lago artificial de Paranoá, cobran la vida de esta urbe, que tiene la fuerza de ser distinta a las demás, aun cuando se hayan repetido los ejercicios viejos de la corrupción y las nacientes favelas que dicen han entristecido hasta al mismo Oscar Niemeyer, artífice de casi todas las edificaciones que resaltan por sus ya más que reconocidas características arquitectónicas.

Pero si algo tiene de bonito Brasilia es su lado amable. La gente que trabaja diariamente en las labores más sencillas sonríe. Los ejecutivos buscan solucionar cualquier problema.

A pesar del alto volumen de vehículos transitando por la ciudad, como un asunto de civilidad, no se toca corneta y por lo tanto no hay mucho ruido que lamentar. Los automóviles que no son nuevos son retirados de circulación para no contaminar. Los ciudadanos, en los pasos zebra, solo levantan la mano para que los carros se detengan y los dejen pasar.

La reforestación de Brasilia fue uno de sus logros. Los árboles también tienen cincuenta años y lucen más jóvenes que nunca. Los chaparrones son inolvidables y rotundos en el cielo. La alegría está asociada al animo aunque como toda gran ciudad su gente padezca el mal de la soledad, que allí tanto se asocia con una cosa llamada saudade.

La circulación de esta mujer llamada Brasilia es poderosa porque nace de la tierra misma, bañada con la fuente de su misma generosa creación. De sus alas debería brotar néctar auspicioso, del más necesario torrente de prosperidad. Ojala se salde pronto esa deuda pendiente con los que más la merecen.

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