martes, 22 de junio de 2010

Nueva intimidad

Al pulpo del Mundial 2010

“Me encantan los hombres cobardes”, dijo Mirella, así de lo más fresca delante del grupo de amigas.

Zulma se la quedó mirando, sin dar crédito a lo que había escuchado. Se lo imaginó, al hombre, haciéndose pasar por un "musiú" en las peores situaciones, evadiendo responsabilidades y todo tipo de cosas. Pero el asunto no era el hombre espantadizo o valiente que uno se encontrara en la vida. El asunto era la mujer, su autoestima, su valoración dentro del mundo, amplio o angosto, que tuviera a su alrededor.

Pero lo más insólito es que lo dijo refiriéndose a Jesús T., un hombre al que ella le reconocía muchas virtudes, nunca la cobardía, que a decir de muchos, por lo menos te hace sobrevivir en situaciones extremas. Pero si te hace existir habría que dimensionar el término cobardía, siempre se decía para sus adentros.

Toda la “cháchara” se debía a que muchas de las mujeres y hombres que habían tenido encuentros carnales entre si, cuando estaban con otras parejas, se hacían los “locos”, o se convertían en los enemigos más acérrimos o se distanciaban de las personas con quienes un día compartieron muchas cosas: juegos, secretos, licores, esencias, labios y cuerpo.

Pero el ser humano es así. Casi nunca está preparado para nada y no se le puede pedir lo que no sabe y tampoco está dispuesto a aprender cuando los animales sólo tienen dos viscerales formas de juntarse. Y en cuestiones corpóreas somos iguales a ellos, de los que creemos estar tan lejos.

“Tienes un problema… Mirella… ya te lo he dicho muchas veces, a ti no te puede gustar un hombre cobarde” dijo Zulma con su mirada pertinaz mientras, para sus adentros ya estaba arrepentida de lo expresado.

Todas se quedaron mirándolas, la mayoría de reojo, y constató que la sinceridad no era un tema preciado. No era tampoco ningún descubrimiento.

Mirella increpó: “Ya sabía yo que venías con tus filosofadas… Yo me he encontrado con hombres con los que me he acostado, chica, y no me gusta volver a verlos, porque cambiaron…”

“Básicamente contigo… y qué esperabas que te persiguieran toda la vida, cuando los dejaste… o te dejaron (que es peor) o se dejaron de mutuo acuerdo…. Los cambios son la constante… pero podríamos reencontrarnos de otra manera con quienes compartimos… y no se trata de cobardía, Mirella, se trata de piel, de lealtades, del camino de la forma…”

Imagina este dialogo, interrumpió Esther: “Hola como estás… fulano (con quien te acostaste en el pasado, e imagina que está al lado de su nueva mujer y junto a sus hijos), cómo te va, cómo te ha ido, aunque no podamos repetir el pasado que tuvimos juntos… fue rico, fue hermoso… No chica… cuando pasó dejó de serlo, no puedes. Tienes que fingir que apenas lo conoces porque además la cuaima que tiene al lado ya sabe, aunque nadie se lo haya dicho, que se acostaron, y de repente piensa, porque así somos las mujeres, que fue cuando estaban juntos, o sea que hay cacho, de por medio también. Así somos, Zulma”.

Como para no dejar, ella contestó: “Pues yo le diría: Hola cómo estás, ya somos y estamos diferentes al pasado que nos unió. Casi no recuerdo nada de la intimidad contigo, porque eso se borra con una nueva intimidad, pero me da gusto saber que andas bien, que no estás torcido o retorcido, que te cuidas, que tienes mujer e hijos, con los que espero seas feliz mientras dure”.

El grupo se quedó un poco atónito, pero como buena tropa, las mujeres reaccionaron. Todas dijeron lo mismo. Entendió la mayoría que no había tanta cobardía en no asumir el pasado frente a frente, mas bien era cuestión de estilo social.

“Llámenlo como quieran. Pero el hombre que se me escape, por un lado, para no verme, porque en el pasado compartimos cama, no lo llamaré cobarde como Mirella, pero sí perdedor. ¿Qué podemos esperar de una sociedad que tiene como héroe al pulpo Paul, condecorado en España con la máxima distinción medieval?”.

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