martes, 8 de junio de 2010

Rebosante de mar

Ramona intentaba esconderse pero era un poco difícil dado el movimiento de los miembros de la familia en los últimos días, preparando las vacaciones, las idas y venidas al hospital, las tareas y trabajos de última hora aplicadas a los sobrinos que estudiaban, aunque ella los sentía más perezosos que nunca, pegados al computador, y a los juegos que los hacía parecer locos frente al televisor, gritando, esbozando gestos de guerreros zombis ante enemigos invisibles.

Ella sabía, porque se conocía mejor que nadie, que estaba a punto de darle una crisis de esas que se atribuyen a una edad, aunque ella, ya había pasado por tantas, que no sabía a cuál etapa atribuírsela, por eso se quedaba fingiendo una aparente calma y tranquilidad.

Era solo eso: disimular.

Desde pequeña había sido así: huidiza. Le molestó su nombre. Le incomodó que no le hubiesen puesto Rosa, como a su hermana. O Estrella como a su tatarabuela. Tuvo que conformarse con el femenino de su abuelo paterno y cargar con él como quien lleva guindado un fardo de trapos viejos.

Pero su libertad era el precio que jamás estaba dispuesta a pagar.

Por eso ideó meterse, primero, en el cuarto, pero llamó demasiado la atención. No verla era peor que estuviera por allí, para la familia. Todos terminaron conversando con ella, metidos en las cuatro paredes que ella tanto celaba y defendía como suyas.

Tuvo inclusive que airear el espacio, lo habían asfixiado completamente.

Se puso debajo de la mata de higos, en el patio. Le llegaron todos, igualito. Hasta algún vecino asomado y curioso conversó con ella a través de la reja del solar.

Planeó, entonces, irse a la orilla del mar, caminar las cuadras que la separaba del Océano y aunque sabía que hasta allí la irían a buscar, por lo menos ganaría un espacio que ella aspiraba fuese largo como alguna de las olas que llegan a agosto, en pleno verano, moviendo la arena gruesa de Adicora.

Liberando su cuerpo, la brisa la acompañaba hasta la playa, moviendo su vestido, sus cabellos que lucían gastados. Sus ojos iban buscando el horizonte. Nuevamente entendió que allí, en ese lugar, en esa longevidad serena que tienen los espacios que se concentran en la mar, estaba toda su sanidad, su fuerza y su esplendor humano.

Desde siempre se supo menos sola frente al mar.

Vio los muchachos correr y jugar frente a las olas.

Dispersas estaban algunas familias en la playa.

No necesitaba alejarse mucho para sentirse plena y al sentarse en la orilla, mientras las olas barrían sus piernas, entre agua y diminutas piedras, volvió la calma a su mente y su corazón.

La brisa le hablaba. El mar le traía el ruido más seguro de la tierra. Los ojos le ardían de la sal y el sol le daba fuerza a todo lo vivo que allí permanecía.

Se le aflojaron las tensiones de los hombros, desapareció el dolor de espalda…

“¿Por qué te preocupas tanto?”, escuchó una voz a sus espaldas…

Volteó para ver quien era y contestar con una de sus alucinantes salidas… pero no vio a nadie…

Se asustó e incomodó.

La voz había sido “clarita”.

Cuando su mente empezaba a encontrar respuestas “lógicas” a lo sucedido, le dijeron: “Puedes estar en calma, porque todo lo has hecho bien, hija”…

Ya no giró su cuerpo. La voz no era de estos tiempos. Ella sin ningún tipo de angustia lo advirtió. Tampoco era su cabeza que a veces emitía tantos ecos internos que le daba por escaparse a “tertuliar”, como ella admitía…

Se dio cuenta que tenía que dejar de ser inconforme y rebelde.

Bajó un poco la cabeza y se sintió rebosante de mar.

Todos estos años, después de tanto, habían valido la pena. Necesitaba esa aceptación para sonreír una vez más.

Se paró y con lentitud, metió todo su cuerpo en las aguas. La sensación de placer feliz e inexplicable no desaparecía a pesar de haberlo hecho tantas veces. Era la única emoción primaria que a la vez era eterna.

Bien por la vida, bien por la paz.

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