domingo, 19 de febrero de 2012

De Minaj

Por la avenida Las Ferias de Valencia caminaban apresuradas, agarradas de mano, muy cerca de su mamá que cargaba el que seguramente era el hermano menor. Estaban disfrazadas y por la hora iban rumbo a la escuela.

Ellas, morenas y delgaditas, casi del mismo tamaño, estaban de rojo intenso como lo hizo  Nicki Minaj en la última entrega de los premios Grammy. Y era además el mismo atuendo. Vistiendo una especie de hábito de monja, con la intensa llamarada  y fuerza de ese color, consagradas para la provocación, como lo hizo esa noche la artista.

Pero las dos jovencitas se veían graciosas e inocentes. No le hacían caso a la gente que las miraba varias veces para intentar entender el atuendo que se convirtió en todo un desafío cuando el viento de las camioneticas que pasaban a mucha velocidad les soplaba. 

Nerviosas, ya en la parada, esperaban la llegada del autobús, mientras la mama, entre sus brazos, llevaba al pequeño disfrazado de león aunque más bien lucía como un tierno gatito, fingiendo dormir para que lo cargaran.

Mas adelante una señora gorda y bastante coqueta lucía un súper sobrero con los colores del arcoíris. Llevaba de la mano a una niña vestida de hada madrina. A pesar de los ruidos, de las calles llenas de huecos y ese rastro de dejadez que había por todas partes, ellas caminaban con elegancia y estilo. Muchos volteaban para verlas y hacían comentarios que ellas, sin escuchar, tomaban con una sonrisa.

Y así fueron paseando todo el conjunto de alternativas que deja el carnaval a las madres que hacen, entre la imaginación y las carencias, verdaderas obras maestras.

Hubo un Bob Esponja que chocó contra un poste. Algún inconveniente hubo de haber entre sus grandes ojos y el foamy. El muchachito lloraba mientras lo rodeaban un conjunto de héroes reunidos al estilo de los nuevos cuentistas de Hollywood, tipo Shrek, que mezclan a la caperucita con el gato con botas y los príncipes con tramposos.

Bob Esponja estuvo observado por ese dúo que aún sigue gustando, Batman y Robín, un Superman gordito; una ranita platanera que apenas podía caminar y un conjunto de feroces indios que a juzgar por el rojo y negro de sus mejillas hubiesen luchado si no se hubiese tratado de una simple y maleable goma, fácil de vencer.

Cerca de una funeraria, sin que aparentemente tuviera relación, unos muchachos y muchachas de bachillerato, que desde luego habían perdido la inocencia de los disfraces de los niños, estaban como los muertos vivos al estilo Michael Jackson. Uno de ellos los comandaba así como el astro lo hizo alguna vez mientras dirigió al grupo de bailarines por la escena. Al fondo del liceo los llevaba, justo cerca de la cantina y aunque no sé si era parte del todo, algunos de los difuntos escupían chimó. De hecho el patio está bastante manchado como algunas aceras de los pueblos viejos de Trujillo, narcotizadas de marrones e imprecisas manchas por doquier.

Hubo un adolescente que fue la burla de muchos. Lo disfrazaron de paella y aunque hubo rasgos de originalidad y mucho empeño por parte de quien lo confeccionó no pudo sino reírse y asumir con guasa todo lo vivido alrededor suyo. Por momentos parecía, al calor del patio, que había ese tufito a mariscos rebozados con ajo y cebolla, y el pobre muchacho estaba solo, mirando como hasta una mazorca se burlaba de él.

Animales de África, bailarinas y bailarines cariocas, damas de oriente, beisbolistas, reguetoneros, brujas, pordioseros,  y negritas burlones y extraterrestres llenaron los espacios de esas fiestas que organizan en los centros educativos para estimular el aprendizaje.

De policías y militares hubo ataviados también. Hubo médicos y enfermeros. Camarógrafos, fotógrafos y periodistas. Una simple máscara y una peluca exagerada son suficientes para ir por la calle derramando el desparpajo que ofrece la fiesta carnavalesca.

No faltaron los diablitos y esos trajes que se ven los huesos de calavera. Por supuesto, los piratas también gozan de mucha demanda porque tienen aspecto desaseado y maloso, para intimidar a la gente.

Lo que podemos concluir es que a la gente le gusta divertirse. Y disfrazarse. Le gusta ser aquel otro que no pueden mostrar habitualmente. Y aunque no sea así la circunstancia ayuda.

La Minaj buscó provocar esa noche de los premios aunque eso es un poco difícil en los tiempos que vuelan, porque esos desafíos religiosos lo que inspiran son generosos bostezos, sobre todo cuando se conocen sus propias historias humanas hacia adentro.

Lo que nunca se imaginó esta rapera es que en nuestra ciudad unas inocentes niñas la imitaran y se disfrazaran igual, aunque claro está, se veían mucho mejor, más auténticas y menos decadentes (Notitarde, 19/02/2012, Lectura Tangente).- 


domingo, 12 de febrero de 2012

Altar, magia y fe

Después de la magia, ¿qué queda? Y la respuesta aunque muy simple, también demasiado obvia tardó en llegar. Quizás por esta misma razón algunos de los historiadores de la vida de Buda, Siddharta Gautama, sostienen que él mismo ordenó a sus discípulos que dejaran a un lado esas llamativas y muy eficientes practicas, de sanación de cuerpos y desprendimiento de las enfermedades, para concentrarse, todos juntos, maestros y alumnos, en la disciplina de la meditación y la trascendencia a través de ese poderoso instrumento que es la mente humana.

Sin embargo la gente duda de todo lo cual podrá considerarse sano pero también hay que entender que hay un buen porcentaje de interpretaciones erradas porque simplemente el ser humano parte con rugientes motores que la sociedad misma, guiada por el ego, se encarga de perturbar.

Así vienen las palabras escritas de Guendun Rinpoche, quien en un artículo titulado Un altar para la Iluminación explica esa necesidad constante de creer y ofrendar, sobre todo si entendemos que venezolanos somos muy dados a ello. Sea un altar de budismo, cristiano o de adoradores de imágenes en los altares para espíritus que vienen a brindar consejos el asunto tiene una explicación consecuente, como muy bien lo señala este lama, de cara risueña y dulce.

Veamos: “A veces podemos asombrarnos al ver montones de ofrendas de luces, flores, incienso, agua, y comida en los templos budistas, o sorprendernos del dinero que se entrega para construir stupas y similares. Nuestra primera reacción puede ser preguntarnos: “¿De qué le sirve todo esto al Buda? ¿Qué hay detrás de todo esto?”

Hemos de ver que son sólo maneras de contrarrestar nuestra tendencia habitual a desviarlo todo en nuestro propio beneficio. Hasta ahora, nuestra única preocupación ha sido satisfacer nuestro ego, protegerlo, y con este fin hemos tratado siempre de acaparar todo aquello que consideramos agradable, placentero o una fuente de felicidad. Esto es lo que nos ha conducido a este estado de sufrimiento e ignorancia en el que nos encontramos. Y lo mismo es aplicable a todos los seres vivientes.

Hemos de librarnos de esa tendencia y la manera mejor de hacerlo es desarrollar una tendencia en la dirección opuesta, una que nos haga inclinarnos hacia la generosidad, el altruismo y el compartir, en oposición a la codicia, el apego y la posesividad. Por esto utilizamos al Buda como soporte, para que nos ayude en nuestros actos de generosidad. Por esto levantamos altares, construimos stupas y otros apoyos que actúan como un punto focal para nuestra transformación interna.

Este acto de generosidad —para transformar nuestras tendencias basadas en el ego y sobre todo, la codicia y posesividad— va acompañado de un acto de confianza. Hacemos la ofrenda porque reconocemos la grandeza, la superioridad de Iluminación. Cada ofrenda es al mismo tiempo un acto de apertura, de entrega, y de generosidad. Nos lleva en una dirección que nos liberará de nuestro apego egoísta y con seguridad nos conducirá a la Iluminación.

De modo que el hacer ofrendas es una práctica muy importante, tanto si se realiza de forma muy simple como de una manera más elaborada. El elemento más importante es la intención o motivación subyacente que acompaña al propio acto.

La ofrenda no es simplemente una acción; también es un estilo de vida, una actitud de totalidad, al igual que la codicia o el apego al ego. Cuando el apego al ego es el centro de nuestro comportamiento, esta tendencia habitual en nuestra mente inspirará todas nuestras acciones. Cuando somos egoístas y codiciosos, todas nuestras acciones se dirigen hacia nosotros. Para que la generosidad se convierta en nuestro estilo de vida, se ha integrar —en todos los aspectos— en nuestras actividades diarias. Todas nuestras acciones tienen que ser reconsideradas desde el punto de vista de la generosidad, no sólo cuando nos encontramos ante nuestro santuario.

Cuando la generosidad material se apoya en una ofrenda mental, se vuelve ilimitada. También podemos ofrecer a la Iluminación cualquier cosa que otros posean, de modo que en lugar de ver sólo las cosas desde nuestro punto de vista sintiéndonos celosos de lo que tienen los demás, podemos cultivar la generosidad y ofrecerla a la Iluminación. También podemos ofrecer a la Iluminación las cosas que no pertenecen a nadie en particular: el sol, la luna y la naturaleza. De esta manera, lo que es una fuente de apego se convierte en una ofrenda a la Iluminación. Nos encontramos en un universo de ofrendas en el que podemos evolucionar y transformar completamente nuestra actitud centrada en el ego, en una actitud totalmente dedicada a la Iluminación”.

Señala además que los altares deben ser simples. Son espacios de apoyo y de eso también se sabe mucho en Venezuela, latinoamerica y el mundo entero.
Gendun Rinpoche también ha escrito poemas e invito a los lectores a buscar Como un arcoíris en el que señala el secreto de ir empezando a conquistar  la felicidad.

¿Qué queda después de la magia?

La fe (Notitarde, 12/02/2012, Lectura Tangente).- 

domingo, 5 de febrero de 2012

Barbieri, Góngora, Zambrano: yuxtapuestas

En la sala de exposiciones de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Arturo Michelena las artistas plásticas María Esther Barbieri, Maritza Góngora y Tania Zambrano exponen sus piezas y aunque las tres propuestas son distintas el espacio las unifica sin perder fuerza y características propias.

Bajo la coordinación general de José Miraz, estudiante de la escuela, como parte del desarrollo de la materia Gerencia Cultural que dicta la artista y también docente,  Marta Iribarren, la muestra fue abierta al público en horas de la mañana del pasado jueves.  La museografía estuvo a cargo de Oscar Hernández.

Ana Fioravanti, artista plástica y poeta, fue la encargada de pronunciar unas palabras de bienvenida a los asistentes hablando de lo ella denominó Fragilidad en TRES:” Hoy, en este espacio, asistimos a una muestra de arte, donde tres mujeres, hacen de la porcelana una carta en blanco, y, sobre  la fragilidad del material, con  la complicidad del fuego, las imágenes  se hacen  metáforas. Y de este modo, tres  propuestas distintas, en contenido y formas, transmutan los soportes en contenedores de vidas,  donde el Otro se espejea”
De las tres artistas ella ha escrito porque llevan años de compartir y conocerse y es oportuno que a través de su análisis se conozca el talento que ellas han ido perfeccionando hasta tener voz propia. Colocamos aquí algunos extractos de lo señalado por Fioravanti:

“Las obras de María Esther Barbieri nos introducen en su universo de símbolos.  La artista, en su pasión por lo tribal y étnico,  une dos mundos: lo escultórico y el diseño, creando así, un arte muy personal, donde,  elementos extraídos de la cotidianidad, develan códigos de una geometría existencial, que la artista, al componerlos, los  hace  evocaciones  de lo invisible. Y,  de este modo, el espectador  se impregna ante la obra  de su  linfa vital.

Cuadrados y círculos, se mezclan y separan, se acoplan y tensan. La mirada del que observa busca el lugar preciso  para que la alucinación se produzca. La geometría compositiva, abandona la rigidez que le es propia y produce un efecto de tensión y ritmo que brota del juego de repeticiones de objetos escultóricos y la mirada del Otro los funde en un acto de recreación, y lo convierte en un todo y se vuelve sentimiento, latido, voz o silencio, reflejo, luz, lenguaje.

La magia de la creación logra, que los elementos yuxtapuestos se  fundan y se hagan reflejos de un canto sin voces, que perfilan sentimientos de una nostalgia ancestral, y  en rítmica  y acompasada composición, nos llevan al reencuentro con lo primigenio, para envolvernos  en una sugestiva magia chamánica.

Maritza Góngora nos habla en esta serie de  trabajos artísticos, a los que titula En casa de Ondina  de un río que no se ve, y  en el que ella, se reconoció en sus aguas, y, al descubrir, que habitaba ese río, se hizo pozo, estanque, agua, poema, sueño. Pero, de  tanto ver correr las aguas que otros no miraban, se percató de pronto, que bastaba, que ella: Ondina,  las pudiera ver, para que el agua que nos ofrendaba, sin estar ante nosotros, nos empapara. Y descubrió su propia magia.

Ciertamente una obra puede tomar cualquier forma y valerse de cualquier material. También es cierto que la poesía puede vivir sobre el soporte frágil de la translucida porcelana. Innegablemente,  la metáfora cobra vida, toda vez que otro siente la emoción que el objeto transmutado en elemento estético le comunica, pues no es el objeto el que comunica la emoción, sino es el sujeto  que se constituye en fuente ante el objeto transformado en otra realidad y  que se hace vinculo creado por el artista, y luz, para la sensibilidad del otro que observa.

Entre lo vivido, lo mítico y lo imaginado, Góngora rastrea recuerdos, y sueña mañanas, crea un mundo de porcelana para escribir su diario de vida, y hace cómplice al fuego para dejar  huellas de su río de memorias  y recrear las aguas en las que se sumerge y navega. Y, entre  tazas, platos y utensilios frágiles, transmutados en capullos de loto y  botes,  se hace Ondina, y el soporte se hace espacio en blanco para escribir la vida. 

Tania Zambrano nos entrega en sus trabajos artísticos ventanas, donde los rostros femeninos se asoman. Velados o nítidos rostros de mujer, donde el misterio de lo que se observa no nos es develado. Tania Zambrano, con sus ventanas como ojos, que permiten mirarnos  hacia adentro y mirar afuera, conocer lo que nos habita y escuchar nuestro silencio, nos entrega mujeres enmarcadas en esos límites, tras brumas recreadas por las pinceladas minuciosas de la artista, y la porcelana como soporte  para que el espectador se detenga ante ellas a fantasear cuáles son sus espejismos.

Las ventanas, elementos de intensa fascinación psicológica, interrumpen la opacidad de las paredes, permiten a los caminantes inventarse la vida detrás de ellas. Y, a los que a ellas se asoman, observar detrás de sus  frágiles alas transparentes lo que afuera  fluye y le es extraño.

Son la ilusión de la entrada a un mundo que no nos pertenece, no importa qué lugar ocupemos: adentro o afuera,  son el sutil hilo imaginario que nos separa de la revelación, que siempre será alucinada” (Notitarde, 05/02/2012, Lectura Tangente).-