martes, 13 de marzo de 2012

Rolando Quero inaugura Ecos en la Amazonía

Rolando Quero fue a Brasil en 2010. Llevó una muestra gigante de alrededor de treinta obras que él llamó “Sueños de jungla”. No conocía este país gigante fronterizo al nuestro y tampoco la transformación que él viviría en Brasilia, su gigantesca capital, donde las dimensiones hacer sentir al ser humano pequeño, por lo cual la lucha por su inmensidad es transformación continua al progreso.

Resultó que para los brasileños el término jungla y selva no representan lo que ellos denominan floresta. En esta palabra se conjugan las dos anteriores y tiene la sonoridad de reconocer en ella colores, sonidos, espesura, libertad, temores, anhelos, vida y muerte indisoluble de una naturaleza que no tiene tiempo porque hace lo que debe hacer: renacer continuamente.

Después de este viaje, memoria y vivencia, hicieron el juego necesario para continuar con su obra, fiel a su expresión abstracta, pero con una carga emotiva, repleta de luz, donde aguas, selvas irreverentes y aves revelaron la floresta indomable que rodea al mundo de los hombres.

Durante todo el 2011 se dedicó a trabajar. No realizó exposición alguna y en su natal Villa de Cura emprendió ese universo cromático que hoy se inaugura en la Casa de la Cultura Aldemaro Romero del municipio San Diego titulado de Ecos en la Amazonía, bajo la curaduría de Gabino Matos.

Treinta obras de mediano y gran formato podrán ser admiradas por el público hasta el 22 de abril como una especie de tributo a esa experiencia vivida en Brasilia, invitado con motivo de los cincuenta años de su fundación, en el  Templo de la Buena Voluntad (Templo da Boa Vontade), un lugar lleno de energía espiritual, vitalizado por cuarzos de fe.

¿Qué diferencia hay entre tu obra antes y después de estar en Brasilia?
Esta exposición para mi tiene mucho significado porque además la sala expositiva me recuerda el Memorial de los Pueblos Indígenas de Brasil, de forma circular, que permite conectarse aún más con todo el universo. Brasil me impresionó porque ese colchón verde que rodea por todas partes hizo que mi trabajo fuera aún más exigente. Este color es difícil justo por la casi infinita gama que ofrece la naturaleza. Acompañados con el siena, los marrones, con los ocres; los colores tierra, continué la labor que ya había comenzado. Fue una especie de segunda propuesta tras conectarme con esas etnias cargadas de belleza que enriquecen nuestra legítima herencia latinoamericana.

Fui madurando toda esa experiencia, todos esos “palos” de agua, aquel verdor, aquella gente tan amable que tuvo tanta empatía con mi obra, que me brindaron sus hogares dentro de la selva como   la escultora Mara Nunes, Ángela Bossi y la artista Naura Timm,  cuya casa está intervenida artísticamente.

Los brasileños están más integrados a la naturaleza que los rodea. Los venezolanos debemos aprender de ellos, a permanecer más unidos en respeto y armonía con ese pulmón verde que es el Amazonas.

En tu obra se observa el vuelo de guacamayas pero también los penachos que cargan los chamanes cuando hacen sus ceremonias…
Es así. Allá identifiqué nuestra esencia como hombres de la tierra. Me asombré un día cuando ingresando al edificio del Senado, encontré a un indígena, perfectamente trajeado con flux y corbata, que tenía en su cabeza un penacho con plumas de guacamaya. Yo hice varias obras que son tributo a este personaje que concentré con el nombre de “Vuelos de guacamaya”. Esas plumas azules me llevaron a entender esa fusión tan sutil entre seres humanos y aves que alcanzan un entendimiento extraordinario, que se comunican y vuelan juntos.

¿Cambió entonces la energía de Rolando Quero después de la experiencia en Brasil?
No hubo un cambio en el formalismo que profeso, practico y amo, sino en la gestualidad. Allí es donde más se siente. En mi obra anterior siempre el verde estuvo reacio y descubrí que el verde del Amazonas es infinito. La inmensidad de su bosque, de su selva, de su floresta, hace descubrir que son los edificios los que están dentro de un jardín y no al revés. Fue un descubrimiento maravilloso. Brasilia me dio la posibilidad de indagar a fondo en los colores que si bien siempre estuvieron presentes no tenían esa carga regeneradora, limpia; constante.

La terracota, el color rojo de la tierra, también me hizo recordar, una exposición que realicé en Copenhague donde mostré un conjunto de esculturas. Ello me llevó a realizar con arcilla de Villa de Cura un grupo de esculturas que presentaré en Caracas este mismo año en la galería Dimaca.

¿Brasilia entonces expandió la necesidad de volverte a conectar con uno de los elementos sagrados?
Así mismo es. He realizado un conjunto de 27 piezas, algunas de ellas vaciadas en bronce. Con la introducción de ellas se presentará una plaquette escrita por José Napoleón Oropeza llamada “Sonido y nacimiento”, sobre este trabajo realizado moldeando la tierra, editada por Rosana Hernández Pasquier.
No hay que olvidar que estuve cuatro años aprendiendo modelado en la Escuela Massana en Barcelona, España. Trabajé con barro el cuerpo humano. En ello hice mucho hincapié porque yo estudié en Venezuela arte figurativo al igual que en Francia.

Los profesores de la Escuela de Artes Plásticas me decían que ellos me estaban formando para docente no para artista y en Bellas Artes me decían lo contrario, que me estaban formando como artista plástico más no como profesor. Tuve que compaginar una cosa con la otra. Me formé académicamente y con la práctica.

Mi maestro, Joaquín Echeverría, siempre me dijo que los artistas alcanzan sus mejores logros una vez que entienden lo que es un buen dibujo y el cuerpo humano.

No podemos quedarnos en lo figurativo. Respetando a todos los que continúan esta línea creo que el artista tiene que dar un salto y evolucionar en el mundo.
La obra que presenta Quero, quien resaltó el apoyo de Beatriz Bolívar, de la Casa del Cultura Aldemaro Romero,  en San Diego, es sumamente atractiva.

La selva es agua reencarnada en cuerpos vegetales. Es el líquido de la lluvia convertida en color. Son rojos que vuelan. Amarillos que cantan. Ruidos que se hicieron troncos. Son soledades felices.

La miel dibuja caprichosos ríos que serpentean a lo largo y ancho de la floresta. Su vitalidad es tan enorme como su voracidad. Por eso seres humanos y floresta se observan, y sólo los artistas la alcanzan sin destruirse (Notitarde, 03/03/2012, Letra Inversa).-  


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