domingo, 5 de octubre de 2014

Ritmo de corazón


 Los expertos en sonidos ancestrales han estudiado que la música de un tambor fomenta la alegría de vivir. La caja de resonancia y los diferentes tipos de cuero dan ánimo espiritual a todos aquellos que lo escuchan y mucha más fuerza a quienes los practican y se van haciendo en los repiques universos paralelos de amor.

Una historia visible desde hace algunos años es el grupo Ingoma Nshya que significa "iniciativa de mujeres" nacido en Ruanda después de la cruda historia que les tocó vivir en el año 1994, cuando por razones éticas y políticas se desplegó la barbarie de asesinar más de 800 mil personas, violar a casi todas las féminas fuesen niñas, adultas o abuelas, sin que el mundo civilizado y medianamente apertrecha en los derechos humanos pudiese hacer mucho.

Desde diferentes medios de comunicación se alimentó el odio, nacido de esos fenómenos de inconsciencia colectiva que se han reflejado en diversos paseos históricos de la humanidad, aunque cueste de creer y avergüencen.

Lo cierto es que tocar tambor en escena, ver y observar a ciento veinticuatro mujeres en escena frente a ese sencillo instrumento, con sus palos, delineados manualmente con navaja, es un rito. Una ceremonia que habla de la profunda esencia que dejó el insondable aprendizaje que tuvieron, de saberse poseedoras de un conocimiento que estuvo en ellas mucho antes que mataran a casi todos los hombres que ejercían el oficio de tamboreros. Asumieron el oficio por siglos permitido solo a ellos y a la par de demostrar talento les ha servido para reconciliar sus almas y despojarse del dolor que sufrieron.

Un testimonio documentado lo explica: "Seraphine es una mujer de cuerpo minúsculo que ya cumplió su pena, por genocidio. Pero la libertad no hizo de ella una mujer radiante. ¿Cómo? ¿Cómo lidiar con la brutal repetición de aquello que pocos pueden lograr entender? Ella tampoco comprende… ¿Cómo y cuándo empezó? Los tambores no se lo explican. Aunque, de alguna manera, sosiegan, apaciguan su magullada alma. Cuando empuña las baquetas y se deja llevar por el retumbar de la percusión, sus menudos brazos encuentran fuerza y se embalan. Los golpes se confunden con los de las demás y es imposible distinguir, quién fue perpetradora, quién fue víctima. Aquí tocan juntas.

"Mi corazón estaba sucio, no amaba a las personas, no quería ver, cruzarme con ningún otro ser humano. Estaba absolutamente encerrada en mí misma, porque no me sentía persona. Aquí he aprendido a volver sentirme persona, tengo ganas de hacer cosas, de  tocar, tengo ilusión…", explica Seraphine.

Ensayan. Aprenden ritmos. Absorben los tonos de la percusión. Es una pausa al duro pasar del día, de la semana, del tiempo. Y logran olvidarse de sus tormentos. Tanto física como mentalmente, se desconectan. O no, mejor dicho, se conectan, entre ellas. Y sin darse cuenta, aprenden a convivir. Terapia, individual y colectiva.

"Aquí algunas tenemos los padres muertos, otros son asesinos, cada una tiene su propia historia, pero el pasado no es importante. Lo importante es lo que hacemos ahora, y que ahora ya no hay diferencias". 

Aunque Regina era una niña cuando se encendió la llama del genocidio, el desprecio popular la castiga como a una genocida más. Paga por los delitos de su padre. Casta de crímenes, ha perdido a su progenitor en vida, que cumple pena en la cárcel, y a su vecino acusador. En Butare, las noticias circulan rápido. Es difícil empezar de cero cuando las calles te juzgan.

Trabajaba como vendedora de leche en la ciudad. Un día estaba sentada en un bordillo cuando una mujer se me acercó y me dijo 'pareces muy triste. Conozco un lugar donde enseñan a las mujeres a tocar los tambores. ¿Quieres venir?

En el proyecto participan unas 140 mujeres, un conjunto muy especial que se ha erigido como ejemplo a seguir para las nuevas generaciones. Ingoma Nshya, que así se llama, significa, en Kinyaruanda: nueva generación. Porque aparta las etnias y las confrontaciones. Pero también porque utiliza, para hacerlo, una herramienta de hombres: los tambores. En la tradición ruandesa la percusión es un arte prohibido para las manos femeninas. Pero Ingoma Nshya ha decidido revisar más de un cliché.

"Yo estoy sola. No tengo padres, ni hermanos y tampoco esposo. Ingoma Nshya me ha aportado algo fundamental; me llena. Al venir hasta aquí me encuentro con otras mujeres y comparto", explica Seraphine".
Claro ejemplo de que la vida tiene dones inexplicables e inesperados. Un tambor tiene escondido el sonido del corazón y cuanto más capaces seamos de autolimpiarlo la próspera alegría nos circundará (Notitarde, 05/10/2014, Lectura Tangente).-


http://periodismohumano.com/mujer/ingoma-nsha-tambores-de-reconciliacion.html

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