domingo, 18 de enero de 2015

Tepuy por bandera



En tres películas venezolanas del año 2014 observamos en papel casi protagónico el paisaje venezolano. En La distancia más larga, Libertador y Liz en septiembre estuvo marcando la ruta de los personajes haciendo que ellos cobraran fuerza o vulnerabilidad.

En la primera de ellas la superficie geográfica cobra mayor dimensión puesto que la Gran Sabana viene siendo una tierra tan entrañable en si misma que llega a transformar esa compenetración interior con la vida. Tierra antigua y a la vez joven cargada de ríos,  fuerte, delicada, sencilla y compleja; tan enorme el Roraima, que empequeñece; es horizonte para contemplar y deshacernos del caos que podemos llevar dentro. No fue de extrañar que la protagonista, Martina, la escogiera como el lugar para despedirse de esta dimensión espiritual.

Por su parte Libertador muestra muy a conciencia espacios llenos de atracción cinematográfica como la misma Gran Sabana, parte de los Andes llenos de nieve y los llanos para vaciar distancia, desmesura, sueños, contradicciones de un hombre rebelde a sus circunstancias, inspirado en unos principios innegociables; separado de sus coterráneos ante la muy humana traición; por lo que la expansión entre hombre y paisaje tiene que ver justo con la ambivalencia y el costo de los sueños. Con la sombra de los errores y los muertos  tejiendo las alucinaciones en los caminos mermados en la ilusión del porvenir.

Liz en septiembre fue filmada en Morrocoy y el mar es héroe ante la necesidad de encontrar la energía vital que permita reconciliarse con la existencia cuando la salud merma y requiere del esfuerzo poderoso de conectarse con el yo y el universo.

Curiosamente, tanto en La distancia más larga como en Liz en septiembre las protagonistas elijen la forma de vivir sus últimas horas. En las tres cintas la muerte es el claro principio para contar.

También el caos está en la primera parte de La distancia más larga. La Caracas violenta cobra la vida de un personaje que trastoca el destino del resto para confluir en la necesidad de la reconciliación espiritual que busca alcanzarse frente a los tepuyes, con su lenguaje de transparencia y serenidad.

Justo esa anarquía, nada cinematográfica, es la que constituye el paisaje del venezolano de hoy en día. Si bien es cierto que la naturaleza sigue estando allí, con sus aguas, sus olas, su nieve, sus morichales y toda la frescura que ella emana, por la gracia de Dios, si así quieren llamarla, poco de ella se puede disfrutar, ante la crudeza de colas para encontrar alimentos e implementos básicos de esta forma (moderna) de subsistencia.

Gente que pareciera batirse en un duelo contra la necesidad o hacia la angustia que carga en su interior, deshaciendo su energía vital para encontrar la harina para hacer la arepa, el papel toalé que requiere porque si, los pañales desechables para sus hijos pequeños. Porque tampoco pueden usar los de tela porque en caso de improvisarse no hay siquiera detergente para lavarlos.

Y en esos lugares llenos de gente, con lluvia o con sol, se enturbia el aire porque se reconoce que no es justo (de justicia) que se amenace tanto potencial humano, tanta belleza de ser, en ese desperdicio que es una fila larga (larguísima)  porque no se han sabido administrar recursos; por escribir algo bien simple.

El alma de una mujer cargada con un niño bajo el sol, con un paraguas o un pañito para protegerse de esa (de) solación, tiene que albergar una oscurana. Debe tener un paisaje muy distinto al que puebla en la tierra venezolana. No debe tener un tepuy por bandera en su corazón, aunque sus ancestros así se lo hayan dictado a sus genes. No debe tener serenidad en su sudor. Su aliento obligado a estar oxidado.

Ese paisaje atropellado además se combina con esos brotes de exasperación, empujones, vocería, groserías, amenazas, malas voluntades, cuchillazos (con heridos y hasta muertos) y el conjunto de pensamiento enrevesados, no revelados, en buena mayoría sombríos, logrando crear una atmosfera que en ciertos momentos atenta al miedo de nuevamente caer en las trampas del pasado y del futuro.

Nuestros hermosos paisajes que son motivo para destacar a Venezuela en los escenarios mundiales ahora que se están haciendo buena cantidad de películas no están siendo vendidos en su mejor momento. Eso ya conlleva una perdida frente a ese esfuerzo creativo de sus realizadores.


Ojalá el efecto de nuestros muy pintorescos lugares permita reposar nuestros sentidos. Para ello se tendrá que tomar un respiro y un viaje (desde nuestro interior) hacia esa placidez que revelan los horizontes, por suerte, diariamente (Notitarde, 18/01/2015, Lectura Tangente).- 

http://www.notitarde.com/Lectura-Tangente/Tepuy-por-bandera/2015/01/18/485648

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