domingo, 18 de octubre de 2015

Casi tunecina


En paralelo: una cola intensa de esas que dan un poco de hastío, miedo y aprehensión a la vez. Un conjunto de “moteros” casi en frente, con carpas blancas, cual protección saudí, exhibiendo, comprando; disfrutando.

Un contraste demasiado evidente para intentar campearlo.

Desde la madrugada hay movimiento: amigos, taxistas conocidos, esposos ante esposas tercas, padres ante hijas dominantes y hasta hijas e hijos galopando esta locura: llevan a sus familiares a pernotar y hacer “colas” (filas) desde la madrugada.

-      Yo, mijita, duermo.

-      Pero, ¡¿hasta cuándo?!

-      Dejé (de comer, como alimento) la harina pan, los granos. Renuncié a la carne,  el pollo, la cebolla; desamparé los huevos. No como sardinas porque aquel que lo profesó, las recomendaba en lata. Ahora, ni se consiguen y están tan costosas que cuando por fin las vislumbras, no las compras.

La veo a los ojos y sé que miente.

Qué yo sepa, todos los venezolanos mentimos. ¡Y qué digo!, todos los seres humanos, lo hacemos. Unos se arrepienten (nos arrepentimos) de las cosas que hacemos por cualquiera de las acciones lentas, deformes (y/o) alumbrosas que se nos crucen.

Que yo recuerde (por las películas –no porque haya vivido monstruosas guerras ni hambres ante la inmisericordia humana, a Dios, gracias-, a la gente que pasa hambre se le calcan las costillas y el abdomen se les hincha.

Yo a ella no la veo así y más bien está  igual a cuando la conocí.

Desde luego, no vivimos igual.

La olla se limita. Hasta los perros sufren.

-      Ya no puedo alimentar a los muchachos amigos que traen mis nietos.

Miré mis uñas. Blancas. Limpísimas. Froté durante el fin de semana unas blusas blancas con jabón azul. Brindaron un esplendor antiguo, pero hasta cuesta bastante encontrar esa grasa jabonosa.

Pero no soporto muy bien las tragedias, ni los ruidos, ni las lastimeras posiciones; ni los "embrulujos" que se ofrecen en este Caribe paranoico.

Muerdo arena antes que enclavarme.

No sucede nada. Y sucede todo.

No me disculpo ante los infelices y mucho menos ante los que fingen ser lo contrario.

Una palabra hermosa es “você”, un usted que se acomoda dentro de sí mismo.
Incluyente.

Por lo tanto, “você”, es decir “usted”, ha escogido esta realidad que nos arropa: en singular y plural, no nos asombremos de ello.

-      ¿Vives?

-      De sobra…

-      Eso quiere decir que tienes lo que yo no tengo.

-      Sabes muy bien cuál es la respuesta más fidedigna.

Unos días atrás observé un arcoíris.  Desde una sobresaliente y enorme piedra dentro del mar hasta la montaña que estaba al otro lado del horizonte. Me sentí afortunada. Glamorosa, rica.

-      Sin embargo no tengo lo que tú pareces tener a manos llenas porque has sabido sortear la mala suerte. ¿Crees que puedes ganarme?

-      Nadie dijo que era competencia.

Es entonces cuando la veo levantarse sobre su peso, recoger la manguera del patio, plagado de matas, y comenzar a regar en esta tarde, casi tunecina, tanto las del suelo como los de los porrones, porque ella con esos ojos árabes, es más criolla que la cerecita silvestre, con un cuerpo, aunque agotado y cansado, que se parece al de las viejas matronas barloventeñas.

También ella, a través de un pequeño rayito de sol y tras la fuga de un chorro de la manguera se formaba  un pequeño arcoíris muy cerca de sus pies.

Ella lo vio, me miró y una vez más se hizo la desentendida.  

Mientras tanto, los motorizados, los “moteros”, que anualmente visitan la Isla de Margarita, hacían de las suyas. Poco importaron las colas largas y temerarias, de las familias comprando los alimentos básicos, ellos hicieron de las suyas. Los ruidos de sus motos  alarmaron las grandes avenidas, hubo accidentes, mucho dolor; exhibición y una gloria ceñida de achaques.

Hay algo que duele de los motorizados: la velocidad y la indiferencia. A veces la segunda es cautiva de la primera. Viejos o modernos exhiben un gusto ya cansado como la de las calles teñidas de otoño.

El arcoíris no tuvo aquel que se ve paralelo, muy cerca de él. Siempre en el cielo si se agudizan los ojos se ve el otro, más tenue y por eso algunos engañosos dicen que se observa con los ojos del corazón.

El paralelismo fue parte del engañoso momento que vivimos. Los motorizados, de lujo. La gente casi sin importarles que las poderosas fieras montadas a dos ruedas fueran capaces de, además, ignorarles.

Te miro y te reconozco. No te lo creas: no te temo (Notitarde, 18/10/2015, LECTURA TANGENTE).-

Imagen: http://www.astronomo.org/ 

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