domingo, 19 de octubre de 2014

Morales Rossi: amor conceptual


Sentada sobre un  troncal de orquídeas observé la obra de Ramón Morales Rossi en el Museo de Arte Contemporáneo Francisco Narváez en Porlamar, Nueva Esparta (fundado en 1979) titulada “Orinoco como río de luna y de sol” en la que su canto hacia la exuberancia de nuestro delta relata sus encuentros ritualísticos, serenos y a la vez conversadores, como son los afluentes, de forma natural.

Toda la búsqueda de este maestro autodidacta, nacido en Ciudad Bolívar en 1959, se fundamenta en el lenguaje de las aguas y todos los contrastes que se interpretan alrededor de ellas, mucho más cuando se está ante el colosal Orinoco, de cauce profundo y de laderas anchas, avanzando entre las piedras también descomunales, sin obstáculos por vencer, todos vencidos, en su fuerza y su ánimo peregrino.

En torno a toda esta energía sobrenatural Morales Rossi construye una sencilla poesía y hay que entender que dentro de ella surge el mar de las complejidades. Toma las maderas quemadas en los incendios feroces que desbastaron árboles formidables y los enmarca con gusto personal, las técnicas que ha ido domando y aprendiendo en ese vital juego de ensayo y error, al colocarlas  solas, amarradas, con piedras masculinas que las acompañan, reforzando la noble verdad de sabernos tan fuertes y débiles de acuerdo a cada etapa y actitud.

De esta forma comienza el recorrido por este espacio del Museo margariteño, mar poblado de un rio, del ritual que nos tiene acostumbrados, con sus piedras que hacen un círculo perfecto. Piedras oscuras pintadas a la mitad con ese tono que cargan los piaches en sus rostros cuando van a realizar una ceremonia y se conectan con los ancestros que tantas enseñanzas dejan a los vivos.

La obra de este hombre impresiona por las muchas cosas que va contando sobre el Orinoco. La arena que de alguna forma ha convertido en tersas y finas esculturas, erigidas de diversas formas pero que llevan al lugar al que olvidamos pertenecemos. Es el hombre que nació para recordarnos que Venezuela hubiese sido más grande de lo que es, si en vez de dedicarse a extraer petróleo se hubiese dedicado a conservar sus ríos, inmensos, maravillosos; limpios; cargados de la voluntad de la vida, depositada con toda abundancia en el Océano.

Los peces de finas líneas cubistas juegan todo el tiempo a la vivacidad y el conjunto de piezas, incluso una muy geométrica instalación de hilos cruzados en una pared en la que se tejen piedras lo revelan como el hombre que ha observado mucho más allá de lo que se ve. Porque el Orinoco es un conjunto de sentimientos y sensaciones dispares que el logra sintetizar en piezas muy bien sujetadas para decirle de alguna forma que tampoco es tan invencible.

Hay piezas que sin duda enmarcan con mucha sutileza la visión de Morales Rossi sobre el estado Bolívar, donde la grandeza juega a lo minúsculo. Se ven vuelos abrasantes de pájaros, se huele perfume de orquídeas, la espontaneidad de las gotas de agua que de alguna forma él congela en un cuadro de arena, con un arte que debería ser estudiado y enseñado en las mejores escuelas del mundo.

Los colores son tan precisos y a la vez tan bien logrados que se palpa el minucioso trabajo que ha tenido él por no romper los secretos y por domesticar su ego que en modo alguno compite con el tercer río más caudaloso del mundo, con sus manifestaciones intangibles: las intuiciones y los sueños.



Anima los objetos inanimados que quedan desperdiciados en las orillas. Es un poeta recogiendo huesos para darles vida desde el desvarío que también tiene que tener todo creador.

Rinde con devoción infinita culto al llamado eje central de la cosmogonía Tamanaco, Amalivaca, considerado el gran héroe civilizador, de acuerdo al escrito de Richard Aranguren en el catalogo de la muestra, “primero en realizar una inscripción sobre la roca de La Encaramada fundando así la memoria de ese pueblo”.

En este artista los signos son un claro presentimiento de sabernos hijos de un raudal ramificado en muchas otras orillas que abren caminos y que tuvieron la dicha de su certera generosidad. Como la tiene Morales Rossi a l momento de dedicarle todo su amor conceptual para llevarlos a todos los rincones del mundo. Basta ver una piedra para escuchar al piache. Basta ver un tallo muerto para reconocer que allí hubo más que la ignorancia y la desmedida que nos arrastra. Basta ver con conjunto de peces para saber que la abundancia ha jugado en contra. Basta con sabernos que hombres y mujeres que pertenecemos a este tiempo quedamos como Morales Rossi anclados en la desmesura y el fino olfato que hemos desarrollado ante el porvenir.


Hojas, maderas, flechas enumeran la travesía que él así define: “Soto se montó en una canoa y yo me monté en otra, ambos partimos del Orinoco, él desde el cinetismo y yo concentrándome en su horizontalidad y utilizando materiales directos como tierra colora’, moriche, piedras, guaral y agua del río”. Un maestro atento, hacedor de esa luz cobriza que sale del Orinoco cuando se emerge de él, de adentro hacia afuera (Notitarde, 19/10/2014, Lectura Tangente).- 

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