jueves, 25 de febrero de 2010

Agua de olvido

Aburrida estaba la casa y hasta al café se lo podía escuchar el sabor agreste de las despedidas. De algunas. Otras, son de lo mas sabrosas; sobre todo, cuando quien se va tiene la feliz fortuna de no voltear a ver lo que dejó atrás.

Los que se quedaron, es decir, los que no supieron ni como sacudir el polvo de los recuerdos se quedaron con las sensaciones de no tener la necesidad de hacer maletas, tuvieron que conformarse con los mismos espacios, dentro de lo que parecían los mismos días y las mismas horas.

Por eso es que en muchos pueblos la gente sale a las calles y recorren religiosamente los mismos lugares como si nunca jamás los hubiesen visto.

Pero el caso de Amalia es distinto. Había soñado con personas que nunca veía, aunque no estaban muertas. Decidió entonces prepararse el te del olvido.

Conocía muy bien su formula de resabio, también reconocía que en algunos momentos iban a revivir, a inflarse en la memoria, pero había que darles la gracia de desprenderse de los aires de esa casa, ahora más ancha, después de la despedida.

Tendría que escribir para exorcizar pensamientos, sueños y recuerdos. Y lo hizo, frente a la computadora, colocando: “Te acabo de ver en un sueño, dirigiendo una orquesta. El grupo no era grande, la imagen fue en sepia. Alzabas las manos como una marioneta, porque los grandes directores se mueven con otra gracia. Saben que hacer con los dedos, saben mirar el tiempo de las partituras, saben bailar en el vientre del sonido. No quiero interpretar el sueño, ni honrar la cabala para saber si algo te sucederá o no. No quiero soñarte. No quiero saber de tu vida, aunque espero que te este yendo muy bien. Aspiro algún día conocer que hiciste de esta tu existencia la mejor balada, la mejor interpretación, aun cuando suene cursi expresarlo.

Tuve, como todo el mundo, fantasmas que me persiguieron a lo largo de la vida, hasta que aprendí a desprenderme, a dejar a un lado todo lo que sabía no me servía en el universo de lo positivo. Pero estoy dando demasiadas explicaciones y lo único que deseo es pedirte que te vayas, suavemente de mis sueños, serio, contento, triste; con buenos o malos augurios alrededor tuyo. Sé donde estás, espero que algún día puedas irte al lugar que te corresponde, si ese es tu destino. Que puedas mirar el mayor de los éxitos, la mayor de las glorias; que tu recuerdo no perturbe; que no sea le palacio en ruinas al que una vez llegaste. Disfruta. Protégete. Abandona el sepia por el color. Descarga tu buen o mal recuerdo de mí en otros canales que no interfieran con los míos. Te deseo lo mejor y aunque la amistad ahora ya no es la misma confía en la distancia como el mejor instrumento para entendernos y comprender que lo aprendido allí está, sin rabia y sin dolor. Por eso no deseo soñarte, ni saber nada de ti. Tu desaliento todavía debe inquietar mi corazón en alguna de sus fibras y es por eso que todavía una línea fina se pega en la telaraña de los recuerdos. Vete dulcemente en las infinitas variaciones de la música”.

Justo cuando terminó el escrito llegué a verla para hacerle compañía justo ahora que la sabía un poco más sola, pues había despedido a su hijo, quien se había marchado hacia otra ciudad.

Me recibió con mucha alegría y entusiasmo, y me dijo que se iba a tomar el té del olvido. Me quedé viendo como a veces se ven a algunas personas para descubrir si estaba sobria. Me acordé que bebía muy poco.

- ¿Olvidar a tu hijo?

- No chica, estoy feliz con su partida, porque es por su crecimiento. Lo que sucede es que a lo largo de este tiempo he soñado con alguien de quien no quiero saber nada. Estoy haciendo un ritual para no volver a soñar.

Miré alrededor y solo vi la computadora encendida.

-Lee lo que escribí, mientras termino de calentar el agua.

Vi que antes de ir a la cocina encendió un incienso con olor penetrante, un combinado de siete semillas, que enseguida irradiaron sus aceites por la estancia.

Cuando me preparaba a decirle lo que había sentido con el escrito observé que se había bañado y cambiado, y lucía una bata hermoso azul egipcio, de algodón, con unos detalles florales elaborados a mano.

“No quiero tu opinión profesional sobre mis palabras. Son lo que son y ya está. Lo importante es tomar este té, para estimular la acción”.

Me acordé entonces de sus raíces inglesas. Siempre se me olvidaban. Tiene tantos años aquí y se ha adaptado tan bien que Amalia no parece una mujer de otras tierras.

Bebimos el té en su jardín, en una mesita con candelabros con velas encendidas. Sacó una vajilla que parecía de la monarquía británica. Colocó unos bombones de chocolate amargo con intenso relleno sabor a parchita. Después de llenar el ambiente con el aroma me dio a beber el líquido de un rojo delirante y brindó por los sueños que había deseado no volver a tener.

Saboreándolo supe que se trataba una de sus afamadas mezclas de té. Era famosa entre amigas y vecinas por ello.

- Sólo déjame adivinar algo, le dije mientras asentó con una sonrisa de intriga. En esta agua de tu olvido hay deslices… Flor de Jamaica, té rojo de alguna región misteriosa de China y alguna especie que no consigo desgranar… ¿Estoy en lo cierto?

- Muy, pero muy, cerca. Bebamos concentradas para que se cumpla mi petición… Salud… por la desmemoria de un adiós…

jueves, 11 de febrero de 2010

Madiba

Quizás lo más trascendente de una película inspiradora como Invictus es que un hombre como Nelson Mandela, que pasara buena parte de su vida en una cárcel y que se convirtiera en el presidente conciliador de una nación, marcada por el odio racial, se acordara y le escribiera al director del equipo de rugby, un poema que se sabía de memoria, que recitó una y otra vez para darse ánimo, como una forma de fortalecerlo y a su vez también conmoverlo para llevarlo al mismo triunfo que él, aún hoy en día, puede celebrar.

Invictus:

“Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma”.

No es casual que el autor de este poema contenido en un libro que se llama “In Hospital” (publicado en 1903, meses antes de su muerte, aunque el poema del que hablamos fue escrito en 1875) fuese un inglés llamado William Ernest Henley, un editor al que le amputaron una pierna tras padecer desde muy pequeño tuberculosis.

La fortaleza humana a lo largo de la historia ha dado muestras de alcanzar luces inspiradoras y justo es lo que ha querido hacer Clint Eastwood a lo largo de su carrera y al presentar a un Madiba (Mandela), en este su ultimo filme, completamente digno de pertenecer a una raza de hombres que perdona no sólo por un sentido ético, sino también por un sentido practico. Mucho más sencilla es la paz, pero muchos más insisten y eligen la guerra.

A lo largo de su carrera el antiguo protagonista de películas del oeste se ha focalizado en mostrar una muy personal filosofía humana, dando a conocer historias que enaltecen al ser humano, aunque estén, muchas de ellas atrapadas, en las horrorosas voces de las injusticias. Justo su estudio, a través de los años, ha sido sobre la venganza; esa poderosa energía con que se mueven una buena mayoría de seres humanos.

Henley inspiró a Mandela. Mandela a muchos hombres y justo eso es lo que busca Eastwood desde estos tiempos que vive la humanidad.

La historia de esta película nace del libro El factor humano. Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación, de John Carlin, que recoge un conjunto de entrevistas que este periodista hiciera al líder surafricano, una vez que aprobara el proyecto de su historia, basado en sus propios movimientos políticos, cargados de paciencia, quizás, la que alcanzó, irónicamente, encerrado en una cárcel por 27 años, mirando el rostro del odio todos los días, para saber que no podía repetirlo. No podía encomendarlo al peor o mejor de sus enemigos; porque la historia invariablemente, se repetiría. Todo se le devolvería hasta con peor horror. No solo a él. A la nación, al mundo entero.

Fue pensar como salir del círculo vicioso y ciertamente los años de cárcel debieron ayudarlo a comprender cómo trazar una mejor historia y hasta ahora, aunque estamos lejos de esta nación, todo parece indicar que lo ha logrado. Ojala su inspiración continúe una vez que dejen sus pies esta tierra.

La palpitación, el esfuerzo que produce todo lo que hace daño debería detener a los hombres y mujeres que todavía no alcanzan a entender cuál es el sentido de las cosas. No son un salto ni un asalto. Son un fluir con las mismas esencias de los elementos.

Mandela parece ser un ejemplo vivo en sus aciertos aunque desconocemos los errores que haya podido cometer. Lo cierto es que tiene una aureola de alma grande como lo han tenido otros hombres igual de terrenales que él.

Enaltecen la fortaleza de las palabras y significados contenidas aunque este poema, años atrás fue célebremente recordado por Timothy McVeigh, autor de la masacre de Ocklahoma, quien como última voluntad, antes de ser ejecutado por un tribunal de EEUU, escribió los versos de Invictus como evasiva de sus actos.

Entonces y ahora la incomprensión puede adueñarse de quien lea lo anterior.

Eastwood en todo caso coloca su dimensión donde le corresponde, en una conciencia y un alma dotada de mejores destinos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Ezequiel

Cuando se levantó Ezequiel vio un pato blanco en una ponchera azul. Se quedó atónito y fijo, mirando aquel plumífero blanco, dando chapuzones, metiendo y sacando la cabeza que tenía un pico anaranjado, con unos ojos brillantes, como en pleno éxtasis mientras jugaba con el agua, como si esta fuera la última expresión de la satisfacción del mundo.

No pidió tetero. No lloró, ni hizo los alardes que hacía todas las mañanas, expresando su alegría por la luz o por el sol. Se quedó quieto. Observando a ese pajarraco, aparecido, sin permiso alguno, en el medio de la sala, justo donde lo ponían a él todas las mañanas mientras observaba a su mamá que hacía los quehaceres de la cocina.

Emitía un sonido extraño. Era como para detallarlo. Justo lo estaba haciendo cuando vino su mama a comentarle sobre el nuevo animal, un pato blanco llamado Tintan, que se lo dejó la vecina para que lo cuidara y al que había que darle un baño todas las mañanas, bien temprano.

Ezequiel tuvo ganas de llorar. No sabía que tenía que competir con un pato. Pero se aguantó porque vio que tenía unas alas blancas, grandes y hacía tolo lo posible por gustarle, a juzgar por el esfuerzo que protagonizado,  cantando, viéndolo y realizando extrañas piruetas.

Se le salieron unos pucheros y rechazó el tetero que mamá le daba. La situación era incomoda para él, amo y dueño del universo.

El pato tenía una extraña atracción. Era simpático. Juguetón. Parecía dominar el mundo mejor que él, aunque hasta ahora él no había tenido problemas en hacerlo.

Intentó cerrar los ojos y soñar. Pero ya había dormido mucho. Su mamá lo empezó a vestir para llevarlo a la guardería mientras le hablaba de lo bien que lo iba a pasar con sus maestras que le inventaban canciones y juegos, le daban una rica comida y lo cuidaban y limpiaban, casi igual a ella. Era parecido el discurso de todos los días. Felicidad, alegría, viajecito en el coche por una cuesta acompañados de la perra Sacha, protectora; fiel. La voz de mamá con ese encanto describiendo las tareas del día.

Mientras lo alejaban de la casa no pudo evitar mirar hacia atrás para ver si por el camino venía Tintan, pero al parecer no era callejero.

¿Qué haría todo el día Tintan? Sabía que no había que temer; sin embargo, lo dominaba una emoción extraña.

Vio como su mamá y Sacha se alejaron y se quedó en los brazos de una jovencita que le caía a besos, abrazos, palabras melosas y expresiones cargadas de mimo e injustificada exageración. Eso lo hacía sentir rey también de ese espacio lleno de diminutos como él, celosos, impacientes, inquietos; jalando toda la atención.

En la tarde, no sabía por qué razón esperaba con cierta nerviosidad a su mamá. Cuando la vio extendió sus regordetes brazos e hizo todos los gestos de alegría que era capaz. Camino a la casa iba contento, porque se le había olvidado Tintan.

Llegaron. Sacha entró primero, meneando la cola. Escuchó todo el tiempo, distraído, la voz de mamá. En el trayecto vio las casas, personas que se le acercaron halagándolo; automóviles: lo que ya era cotidiano a sus ojos.

Todo estaba normal hasta que lo escuchó. Un sonido extraño salió del patio y aprovechó entonces para ponerse a llorar. Esa era su oportunidad para demostrar su descontento. Un tetero tibio y unas palabras de consuelo lo alimentaron bien, pero el seguía viendo de reojo para el patio. Allí debía estar el pajarraco.

Cuando lo dejaron en el piso, comenzó a gatear, directo a la puerta trasera. Lo vio acurrucado entre unas toallas, durmiendo placidamente. Miró hacia los lados. Nadie parecía observarlo. Ese era el momento. Con toda la rapidez que era capaz llegó, pero el susto fue mutuo. Tintan brincó y aleteó con fuerza mientras Ezequiel paralizado, alcanzó a echar un manotazo que cayó en el vacío.

Era el tiempo de usar todas las fuerzas de sus pulmones. El llanto hizo brincar al pato en círculos, aleteando y emitiendo un ruido como de una locomotora torpedeada por un tiburón.

La primera en llegar, Sacha, agarró por el cuello al pato y cuando llegó mamá tuvo que agarrar a Ezequiel por un brazo y tratar de rescatar a Tintan por el otro.

La batalla fue exhausta. Se salvó el pato de casualidad, mientras Ezequiel con una seriedad que limitaba casi con la ofensa, se quedó dormido en el chinchorro. Cierta sonrisa de satisfacción se le asomó, después de una media hora, a los labios, mientras soñaba que tenía unas alas tan blancas como las de Tintan.

Pero no todo fue triunfo ese día. Al siguiente, Tintan poseía el orgullo que alguna vez tienen los heridos, desafiante con su venda blanca que ante sus plumas parecía beige.

Habría que seguir dando la batalla, se le podía leer en los ojos, a Ezequiel.