jueves, 31 de marzo de 2022

A lo Bourbon

 


Por la calle Marcelo Usera de Madrid se les vio el pasado Miércoles de Ceniza. Era una comitiva de unas treinta personas. Adelante iban los músicos tocando en vivo sus saxos a ritmo de jazz, mientras intentaban acompasar sus cuerpos, bailando al caminar. Atrás iban las viudas, ataviadas de negro riguroso, faldones largos y blusas manga larga gruesas. En el medio una diminuta urna de cristal, permitía ver la triste y pequeña sardina. Atrás el grupo de acompañantes del desfile, pequeño y curioso.

Doblaron por la calle Francisca Ybarra mientras los curiosos los observaban y ellas exclamaban, de vez en cuando, cuando se acordaban del papel que tenían que representar, delirante llanto y exclamaciones de  dolor en un performance que salvo algunas variaciones,  se desarrolla desde hace años, para escenificar  el Entierro de la Sardina, en muchos lugares del planeta.

La especie de teatro andante se ejecuta en muchos pueblos, aunque se cree que esta tradición nació en Madrid y la extensión hacia otros pueblos hizo que en Murcia sean especialmente pintorescos. Simbolizan el inicio de la cuaresma, y en Latinoamérica también se celebran con fogoso seguimiento, bien en pueblos de la costa, de bajas o altas montañas o de llanuras centrales.

En Naiguatá, parroquia del estado venezolano de Vargas, lleno del litoral caribeño, es una fiesta de medido desorden, oportunidad perfecta para disfrazarse, escuchar tambores y música de cualquier tipo que invite a bailar, con la escenificación de las viudas, la sardina de cartón piedra, generalmente naif y grande. Todo un ceremonial que muchas veces atrae más confusión que recogimiento espiritual.

La tradición enmarca el fugaz momento de ver esta comparsa.  Los transeúntes observaron curiosos. Rieron. Alguno que otro no entendió qué ocurría. El espectáculo siempre sirve para distraer y también para alimentar lo que ya se carga adentro.

Lo cierto fue que el jazz le imprimió a este sepelio un aire que sin conocer la ciudad de New Orleans, por un momento, hizo que estuviéramos inmersos en el corazón de la calle Bourbon, bajo su candela de misterio, del color y los sombreros pomposos que atraen mucha más elegancia que la muerte.

Si no hubiese sido por el implacable  luto habría encontrado junto a mi imaginación, a los maravillosos músicos ataviados con sus elegantes y coloridos trajes, imprimiendo hot jazz e improvisando sus muy ensayados arreglos.

Pero en Madrid todo es otra cosa. Detrás de cualquier manifestación o desfile va la policía abriendo camino, y en muchos momentos también, un poco más atrás, el personal y vehículos de limpieza, para dejar todo en orden, después del paso de los desfiles y  de las gentes.

Menos mal que el Entierro de la Sardina no coincidió con los días de la kalima que tuvimos, porque a mí el polvo del desierto me produce tanta inquietud como esos locales vudú donde tropezarse con una serpiente plástica y media muerta, pudiera ser el inicio y el final de otra desventura.


Foto del Entierro de la Sardina en Pinto, Madrid (https://www.lavozdepinto.com/tag/entierro-de-la-sardina/)

martes, 1 de marzo de 2022

Padre manzano

 


Me gustaría apenas caminar y encontrarme con el hombre que me explicara fecha exacta del florecimiento de los almendros y los ciruelos.

Y de los verdores de cada árbol de este final de febrero y principios de marzo.

Sé que mi padre no pudo serlo. Apenas pudo sostener su vida, lo mejor que pudo. Temblor poroso le quedó después de la guerra civil. Sin madre.

Con el hambre heredada de sus genes.

Por eso tengo esta tristeza nada más saber que a pocos kilómetros se está librando una guerra con muertes, horror y dolor; y los mismos de siempre, intentando pescar en la revuelta del humo, del aire,  de las aguas, los fangos y la sangre.

Quisiera acompañar a ese hombre manzano que apenas cargó semillas para dejar una nación plena de frutos.

Extraño a mi país. Su paisaje dentro de mí está más dulce, menos salobre.

Sigo siendo la isla rebosante de salvaje insolación y  vaporación salitre.

No puedo, no obstante, derretir nieve alguna. Europa mastica corroñoso suelo, inflamada como está de destrucción física y espiritual, e ignorancia.

Quiero caminar al lado de ese ser que añoro.

Disfrutar de su ayuno continuo.

Reverdecer semillas para la siembra.

Andar líquida en esa alegría.

Padre, perdoné tus comidas cargadas de anécdotas violentas, continuos recuerdos de perdidas e impotencias. Solo eras valiente ante tus dos hijas y un hijo que nunca supo de ti, por lo que el sufrimiento recorrió insatisfechos intestinos, grueso y delgado, a contracorriente.

Tu recuerdo involuntario, constante ramalazo de sufrimiento y desamor, se hizo tabla y circo en la mesa, en almuerzo y cena.

La luminiscencia suave del sol en invierno hace que los pies, manos, cabellos y orejas permanezcan fríos, por lo que  necesito atraer a ese hombre, que a su paso dejaba raíces de luz en las tierras recorridas.

Por otra parte, mi madre me invitó a comer como si la guerra fuese continua.

Como efectivamente ahora vemos: nunca acabó.

Continuó fantasmal y silente.

Ella también en orfandad.

He caído tantas veces en el foso de lo que no consigo, que cada vez más cuesta levantarme.

Sin hambre como. Sacio cualquier veneno como gran manjar.

Pero mi cuerpo habla como cualquier orilla.

El padre del país que un día habité, reengendró la incoherencia de este desarraigo.

Quiero dejar de hacer lo que hasta ahora.

Detener esa impuesta necesidad. No desear ni cuando huele a pan caliente. A fuego. A piedra quemada. A corteza.

Ver un huevo y respetar la vida.

Sin producir baba.

Sin hacerme  boca agua.

Mientras, veo la guerra. Sin observarla mucho.

Todas son iguales. Repiten lo estéril. Madre. Padre. Hijos. No provoca continuar, atrae la inercia padecida. Hacerse daño.

Harta de desafiar mi propia ignorancia, repetida en círculo redondo.

Padre manzano, ven pronto.

Las semillas conservan tu aliento.