miércoles, 17 de enero de 2018

Abel Santos: libertad





“… condenadas como estaban a vivir arrimadas en la casa del verbo…”
J. M. Briceño Guerrero

Conocí al poeta Abel Santos en la librería Sons of Gutemberg de Barcelona a mediados del año 2017. Llevaba en sus manos el poemario Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas (Ediciones Chamán), cuya portada tiene una trompeta con puyas que asemejan las que tienen las rosas.

Lo he ido leyendo en el autobús cuando me desplazaba hacia la ciudad o en casa cuando buscaba sintonizarme con su alma. El prólogo de Diego Vasallo esclarece el contenido: “Los poemas de Abel Santos son como las notas lánguidas de Chet Baker, que viven entre las calles de una ciudad cualquier en una tarde de varano; se deslizan entre los sillones del bar de un hotel, desde los labios de una mujer de ojos altivos hasta el corazón helado del hombre que la acompaña…

Sonidos profundos de catarsis cegadoras atraviesan los textos como los truenos de una tormenta que se va dejando atrás; martillos que golpean los instantes; desiertos ocupando el horizonte desde una ventana que mira al atardecer: “ardo para extinguirme otro día” (cita del poema El déjà vu del Fénix, del mismo Abel Santos).

Si bien el poemario viaja con la música que ahora se percibe lánguida por el paso del tiempo (compuesta hace más de sesenta años) y la historia personal del músico de jazz; contienen mucho de la dedicatoria escrita por el propio poeta al momento de regalar el libro: “… estos garabatos, estos versos trazados con servilleta de bar, cuando buscaba la luz dorada que al final encontré en el amor”.

A la par de la musicalidad y la redención tienen sus poemas chispas genuinas de cuando se está buscando un lenguaje propio y se alcanzan las frugales verdades con sensibilidad hacia las vivencias, cualquiera que éstas sean.

En ese “Ya todo está dicho”… “uno ya se huele en boca del otro” y “que la fatalidad de todo lenguaje es ser simultáneo”, desprende Abel Santos el temple que le permite continuar por el ya desmitificado laberinto de sus insomnios y miedos.

En su Oda al fuego revela una repentina imagen “… No es la llama quien ve la luz, es la ceniza” dando una nueva dimensión al mito del amor y la entrega. Ceguera sumisión residuo para hilvanar esa idea tan inapropiada que los seres humanos tenemos del amor.

Omertà es el poema que dedica a su  familia. Sin romper el código del silencio el disparo de la sangre cobra igualmente dolor.

Muchos otros están escritos para amigos, gente del camino que significan cambios y realizaciones; nuevas perspectivas, por las que no mercantiliza su libertad.

Los sonidos de una trompeta tienen los tonos y las afinaciones que les imprime su ejecutor. Son marcas tan características que definen estilos en un mismo instrumento que está en millones de manos por el mundo. Sin embargo, alguien destaca en la inspiración mezclada con las entrañas.

Desde el corazón, esperamos que las espinas de rosa, aunque doradas, no se claven en los nervios (de la música o poemas) que dan la apertura para descubrir el testimonio puro del universo.



http://abelsantospoesia.blogspot.com.es/







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