domingo, 11 de diciembre de 2022

Rolando Quero, vuelo rasante de luz

Rolando Quero en su taller (Foto José Antonio Rosales)


No imaginamos que nos darían este aviso de Venezuela a finales del mes de septiembre, porque además días antes habíamos intercambiado esos mensajes que desde la invención del WhatsApp compartimos con amigos y familiares.

Cuando un amigo en común me comunicó la muerte de Rolando Quero, iba en el tren hacia el trabajo. Ya eran las ocho de la mañana y tocaba bajarse en la estación. Sentí una mezcla de agradecimiento y serenidad. Segura estuve y estoy que en la dimensión donde se encuentra se reconfortó su alma con los universos con los que aquí soñó. Sabía que lloraría su perdida un poco después. En la distancia del exilio hemos tenido que aprender a enfocar y desenfocar la perspectiva, a conveniencia.

Para ello pedí,  semanas después, unos días de descanso y me fui de viaje. Paseando por  uno de los bulevares de Málaga vi unos árboles de gran tamaño que me hicieron recordar los pequeños arbustos que tenemos por Venezuela, conocidos como Ficus. Pregunté y descubrí que eran de la misma familia arbórea que tienen cientos de variedades, solo que estos son enormes y anchos; casi de leyenda. En el trópico los tienen como plantas ornamentales y los apartan del agua porque -dicen- sus raíces toda se la chupan, al punto de arrasar, manantiales, ríos y deshacer tuberías.  Aquí en la tierra que vio nacer a Pablo Picasso, crecieron frondosos porque no los recortaron. No les dejaron de dar agua. No les mutilaron ni los sembraron lejos de aguas de fondo. Ellos crecieron hasta convertirse en gigantes. Y están para ser admirados con devoción, en la ancha calle Alameda.

Me vine aquí para superar la muerte de un amigo, de un hermano de mi alma y para mi corazón. Me abracé a mi madre, el mar, la mar. Corrió por mi piel la sal que me hizo arder antiguos y nuevos desapegos; asimilar el dolor de mis fosas nasales y el ruido que desaparece cuando mis oídos están hundidos y flotando, en las océano de mi propia quietud. 

Por eso me propuse este viaje a las tierras andaluzas. No estoy en su Barcelona (Rolando vivió alrededor de veinte años allí y la amó profundamente), pero estoy frente al Mediterráneo. Volcado hoy como ayer de toda su temperatura fundida de creatividad, estrellas sumergidas, arcoíris coralino, y la sensación indisoluble de no ser los suficientemente magnánimos.

Samán

Cuando por primera vez le visité en su casa de Villa de Cura (estado Aragua, Venezuela) supe porque era un artista. Un terreno enorme, con un gran samán al que veía todos los días, desde la ventana de su habitación, mientras tomaba el café mañanero para despertar, comprobando los correos en la computadora (ordenador), revisando las redes sociales, de las que era muy activo. Un tronco enorme, centenario. Que seguramente también cobijó a todos los héroes de la Independencia, en la oscuridad apenas alumbrada por el fuego, el amor y el odio, y quizás algunos buenos deseos de igualdad, fraternidad y libertad. Supongo que el padecimiento en aquel entonces era enorme. El de ahora apenas amansado por las drogas y el aprendizaje de técnicas y conocimientos que nos permiten ser un poco mejores y también un poco peores.

La flor sensible del samán, un árbol corpóreo y robusto,  de pistilos de colores rosado y amarillo pálidos, permite iluminar cielo y tierra, porque él, se sabe nacido para comunicar trascendencias.

Sentado un atardecer en el patio de esa casona colonial, muy cerca de este gigante de preludios, recibiste una señal que a pocos contaste, porque sabias no te hubiesen creído. Un rayo de luz penetró directamente tu cabeza. Te sentiste aturdido por un momento, inmóvil ante un suceso tan particular. No hubo testigos. Fue aliento de fuego bendito. Liviandad para continuar con la colorida obra que fuiste capaz de reproducir. Somos hijos de la inteligencia amorosa universal pero cuesta asimilarlo en este plano físico, donde nada es fijo ni permanente.

Al compartirlo, lo celebramos como momento mágico vivido por ti, como si hubiese ocurrido en ese justo relincho del tiempo, para vitorear la suerte de poder dibujar y pintar esos universos plagados de esferas circulares de colores y también de la furia de la oscuridad.

Sola ahora frente al Mediterráneo podía intentar superar la perdida de un amigo. Un ser humano que en mi corazón brillaba como los tornasoles amaneceres y atardeceres de Villa de Cura.

Vi a Rolando Quero por primera vez en los espacios del Ateneo de Valencia (estado Carabobo) donde fue docente por alrededor de tres años en el Centro Piloto de Capacitación en Arte, Luis Eduardo Chávez.

Tuve contacto nuevamente con él, no sé cuánto tiempo después. Nos vinculamos por razones del oficio. Quería que le hiciera una nota de prensa o una entrevista, para alguna de sus exposiciones y de esta forma nació un vínculo de hermandad y de admiración.

Recuerdo reunirnos a lo largo de los años muchas veces. No solo por razones periodísticas. Siempre que pudimos, mientras vivimos cerca, en la ciudad de Valencia, fueron muchos los encuentros, las charlas, las salidas a tomar un cafecito, almorzar o cenar, para celebrar el hecho de compartir ideas, reflexiones y vivencias.

En varias ocasiones preparó comidas especiales para un buen conjunto de amigos entre los que me encontraba.

La vida de Rolando fue maravillosa. Fue el menor de una familia de siete hermanos, él el octavo, (Lourdes, Carlos, Elizabeth, Mirian “La Nena”,  Zulay, Magda y Alina) que lo consintieron y apoyaron a lo largo de su vida.

Si bien de Villa de Cura viajó a la ciudad de Mérida para intentar estudiar derecho en su universidad, pronto su destino se sinceró. Viajaría a Francia y España para desarrollar lo que sabía era su auténtica vocación, ser artista.

Años después, recordaría como el viaje más añorado, Túnez. Sus colores en el ocaso le llenaron de inspiración y lo convirtieron, con solo observarlos, en un mejor artista.


Al fondo, el hermoso Samán


Petróleo

Veinte años vivió en Barcelona ampliando estudios y conocimientos, trabajando y desarrollando diseños para una empresa a gran escala, por lo que su regreso al país, después de todo ese tiempo, era más que entendible: tenía que desarrollar su voz en el arte; su expresión, su plástica.

El día a día sólo le permitía sobrevivir y no pudo en Europa desarrollarse como el inmenso artista que había dentro de su espíritu. Incansable en sus deseos y con mucha constancia fue haciendo en su imaginación lo que después desembocó en sus lienzos. Antes de retornar también supo que debía cuidar mucho su salud, porque como él decía “regresé con un ala rota”, al enterarse que padecía de diabetes.

Las primeras obras de Quero realizadas en Venezuela fueron pensadas en Europa: estuvieron bañadas de fondo oscuro petróleo porque era la forma de remitir nuestra tierra. Esa base negra y profunda, avizoraba tiempos de cambio, dentro de un pasado ya deslucido por la ligereza, con la mal repartida riqueza de una nación, incapaz de sembrarla.

Nacieron sus planetas amarillos, anaranjados, verdes y rojos ensombrecidos y expectantes por la oscuridad reinante. Dominaba tanto el color como su carencia, con mucha fuerza, dándole circularidad a los universos que se iba encontrando en su juego creativo. Trabajos que tuvieron texturas, halladas en los desperdicios de madera de los talabarteros de Villa de Cura, de los que se hizo amigo, pues fueron la base también para crear esculturas de madera donde jugaba a los círculos y los ángeles, pintándolos con sus vistosos y característicos colores, entremezclados.

La escuela europea del aprovechamiento siempre la tienen muy presente quienes han estudiado en este continente bañado por tanta fuerza de supervivencia, tras tantas guerras superadas.

En Venezuela, nuestro frágil sistema de vida, en el renacer de una democracia, desde los años 1950 hasta el 2000, se vivía una libertad que generó el gran descuido de creernos elegidos por el más allá, cuando lo único que teníamos era fe en espejos trastornados.

Anfitrión

Rolando trabajó con mucha pasión a su regreso y no hubo un solo año en que no preparara alrededor de tres y cuatro exposiciones. Era un trabajador inmenso y por sobre todas las cosas muy organizado.

Dedicaba un tiempo para crear, otro para organizar y el resto para continuar imaginando su obra que tuvo una evolución rápida y auténtica, en el desplazamiento de sus grandes trazos en el abstracto.

Se convirtió en el maestro del neo expresionismo abstracto porque en él se concentraba mucha de la fuerza del origen de esta corriente vanguardista europea, que vio a sus mejores exponentes en EEUU,  al huir los artistas de la II Guerra Mundial.

Tenía la medida exacta para desbordar su lirismo: sabía cuándo romperse en él y cuándo recogerlo para dejar completa ostentación visual  

Tuvo gran ímpetu creativo y lo mantuvo intacto hasta este año 2022 cuando presentó dos exposiciones en escenarios completamente distintos. La gran sala del Museo Alejandro Otero en Caracas vio un conjunto de más de ochenta obras entre lienzos y esculturas suyas, en trescientos metros de exposición; y en el Hotel Hesperia de Valencia hizo una muestra individual que sería la última. Todo ello aquejado como estaba de salud, sin poder ver completamente bien por uno de sus ojos y con mucho dolor en la columna que le impedía caminar o estar de pie mucho tiempo.

Se preparaba con la disciplina de todo un experto. A pesar de las grandes crisis que se vivieron en Venezuela, donde a veces no se podía ni encontrar papel para dibujar, Rolando siempre tuvo la previsión de comprar sus implementos a tiempo. Tenía almacenados papel, lienzos, pinceles y pinturas.  No hubo crisis que le afectara. Pensaba en todo.

Sus eventos, sus exposiciones siempre tuvieron un brillo especial, porque el mismo se encargaba de buscar patrocinantes, con los que negociaba sus obras, para que los actos inaugurales fueran verdaderas celebraciones con abundancia en todo lo que se brindaba, desde bebidas hasta los pasapalos (canapés) diversos y copiosos, además de actuaciones de músicos. No faltaban los medios de comunicación, a los que convocaba personalmente.

Era verdadero anfitrión de todo buen sarao.

Museo RQ

Recuerdo la inauguración de su Museo en Villa de Cura, en el que se cerró la calle contigua porque el número de invitados de toda Venezuela así lo ameritaba. Comida y bebida durante todo el día para el que se acercara y la gente de pueblo, por supuesto se volcó a este acontecimiento. Desde las monjas contiguas a su casa, hasta el personal de rehabilitación de los centros de salud que en momentos difíciles, tanto le apoyaron.

Siempre estuvo pendiente de los pequeños detalles. Era conocedor de la alegría que debían producir estos eventos culturales, capaces de alimentar el espíritu, regocijar corazones y enriquecer mentes para un mejor porvenir.

Mantuvo muy buena relación con todos los periodistas, reporteros, gráficos, críticos de arte, escritores, locutores, productores audiovisuales a los que supo dar su verdadero lugar.

La memoria me atrae momentos que viví a su lado, que no se me olvidan. Verlo mirando por la ventana de su cuarto tomando un café mañanero humeante y pleno de sabor, viendo el samán hermoso, explayado en toda su abundancia, es una constante.

El olor a tierra silente, de ese patio grande y tan sencillo, reverberando arepas asadas, es para agradecer.


Mural homenaje a Quero, realizado por José Manuel Sumoza

El viaje que realicé con el como invitado para celebrar el 50 Aniversario de la fundación de Brasilia, la capital brasileña, donde compartimos momentos de trascendencia de su carrera en la que llevó un conjunto de cuadros homenaje a la floresta, como le dicen los brasileños a la selva, con juegos de espejos de las aguas, los vuelos de las exóticas aves que cruzan el cielo y el verdor que supo combinar muy bien dentro de su poesía abstracta.

Su obra gustó tanto como su personalidad y de la sala de exposiciones, siempre pasábamos a recorrer y visitar casas de las personas que acabábamos de conocer. En una de ellas, una residencia de un lujo muy particular, porque la planta baja daba la bienvenida con un gran estanque de peces exóticos, cocinó una paella para unas veinte personas y mientras la preparaba, como especie de showman, iba hablando de todas las historias que  solo él era capaz de hilar como venezolano: su paso por Barcelona, los ingredientes que estaba utilizando y los secretos culinarios para que quedara perfecta; y la gran aventura que era para él la pintura. Rodeado estuvo allí con su verdadera sazón: abundancia en todo lo brindado, risas a borbotones y elegancia en toda su expresión.

Maracas

La música no faltó. Cayó una “lata de agua” como se diría en el llano venezolano (un potente chubasco tropical con abundantes precipitaciones, truenos y centellas) y fue la primera vez que escuchamos al grupo Tribalistas. Una noche de total embrujo, de comer una de las paellas mas dignas que he comido lejos Valencia (la de España), beber y bailar, tras esa lluvia que dejó el aroma a tierra y árboles empapados, con sus muy variadas danzas que hicieron sentir la inmensidad del mundo, dentro de su enorme pequeñez.

Esa noche los colores de sus obras salieron para brindar con los charcos que dejó la lluvia y las maracas de la selva hicieron que entendiéramos un poco más nuestra alma, arrimándola a la tierra mojada y fresca de ese encuentro.

Al entrar al Templo de Boa Vontade (Templo de Buena Voluntad) donde fueron presentadas sus obras, supe de la gran suerte que rodeaba a Rolando. Es un monumento ecuménico con una gran pirámide de 21 metros y siete caras, que contiene en su punta un gran cuarzo e hicimos el ritual que proponen hacer, caminar en círculo hacia un lado y regresarse a la inversa, para transfigurar al destino o recibir un baño de nuevas y poderosas energías.

También caminando por esa gran ciudad que es Brasilia coincidimos con un grupo de indígenas que estaban vendiendo sus artesanías y aunque no lo exhibían, sacaron de un cofre secreto un gran penacho de plumas azules, que intentaron venderle a Rolando.  

Como todo un piache se probó la corona azul sintiéndose poderoso y magnánimo ante esa vivencia, riéndose por la travesura y continuando el camino de andanzas, que además no permitían que compráramos esa artesanía costosa, fina, tan bien lograda por  esos otros verdaderos artistas de la tierra, del follaje, del hacer con cada cosa con encuentran y con las que conviven, arte.

La obra que llevó para Brasilia estuvo bañada de las luces de ese gran misterio que es el mundo natural, exuberante en colores con la fuerza de amarillos, verdes, rojos y azules. Vuelos cromáticos para narrar la historia del mundo.

Era un hombre de anécdotas y también le tengo que agradecer que a lo largo de nuestra amistad, solo me presentara gente de su misma dimensión personal y espiritual.

Recuerdo particularmente a Haydée también su hermana del alma que vive en Cataluña. La fui a visitar y conocer en mi primer viaje a España, cuando no pensaba ni siquiera vivir aquí. Ella contó que junto a su madre fue a una fiesta y cuando vieron a Rolando bailar supieron que era venezolano. A partir de allí entre ellos surgió amor verdadero, su “familia española”, le llamaba él.

Con mi madre Rusé hablaba y practicaba catalán en Venezuela.

Tuvo la gran oportunidad de remodelar su casa para convertirla en el Museo RQ de Villa de Cura, contigua a la casa colonial natal de Ezequiel Zamora. Vivía al lado de la Casa del Santo Sepulcro de Villa de Cura, venerado anualmente en Semana Santa.

Gracias

Aparte de mostrar una colección permanente y apoyar a sus colegas artistas exponiendo sus obras, se convirtió en un taller para formar nuevas generaciones de artistas jóvenes.

A raíz de su muerte, uno de ellos, llamado José Moisés Sumoza, pintó un mural con el rostro de Rolando Quero en la pared del Museo. Una obra muy bien lograda, hermosa y genuina, que habla de la calidad de esa relación maestro-alumno.

A pesar de sus limitaciones físicas personales Rolando siguió pintando hasta un último momento. Hubo un período que sus obras, quizás ya en el post-coronavirus,  tuvieron una desconexión y se desligaron de la abstracción lirica para convertirse en una resonancia de colores que buscaban de alguna u otra forma una sintonización con el alma. Lo fue logrando paso a paso para dar una visión más ligada al trabajo suyo de años, la unión de los mundos en el paisaje tonal de los tiempos, repartidas las atmósferas etéreas y espaciales como si fueran una sola.

Cuando no había otro color más que amarillo y negro, los combinó para acertar y demostrar que estaba succionando la misma sabia de los colibrís.

Antes de terminar este escrito debo confesar que me ha costado bastante. He tenido que deshacerlo varias veces y si bien estuve intentando sacar todo el dolor con el pies sumergidos en las aguas del mar Mediterráneo en octubre, ahora ya estamos a unos días de desarrollarse el solsticio de invierno, e intento todavía dejarlo sin concluir.

No me había ocurrido quizás esta circularidad de regresar a lo no concluido, por lo demás común e inherente.

Rolando, fuiste un espejo de mi misma, un reconocimiento ancestral de luces.

La liviandad de tu sonrisa constante, de tu bien hacer hacia los demás me llenó de alegrías y por eso hoy llevo mi tristeza a ese árbol de lluvia que también es el samán.

Me quedo con tu fuego creador, con tus colores a sotavento, renaciendo en el hacer, con tu familia de seres unidos en círculo, hechos en barro y en bronce. Con el recorrido que hice por la Escuela Massana donde estudiaste, donde comprendí la efervescencia del arte, con el destello fugaz de Burdeos y sus constantes ensayos y error con cuerpos vivos, prestados a la práctica ajena.

En ti la faz del mundo, como cuando se mira al sol de frente, con los ojos cerrados, en pleno amanecer.

Piache azul, alcázar de sueños multicolores.

En tu taller, las huellas de los colores así como en tus zapatos Crocs que usabas para pintar, dejan constancia una vez más de tu intenso trajinar.

Gracias por darnos tanto a quienes te conocimos.

Siempre (aunque esta palabra ni exista, ni debamos pronunciarla), te celebraré.


Rolando en el Museo Alejandro Otero (Foto de José Antonio Rosales)


 

  

Enlaces:

https://www.facebook.com/rolandoqueroart  

https://hive.blog/hive-174301/@josemoises/painting-my-first-mural-in-tribute-to-a-great-friend-i-ll-explain-how-i-did-it

https://www.youtube.com/watch?v=bTPKpglvoos

https://www.youtube.com/watch?v=FFGRWrFH5pw

https://www.youtube.com/watch?v=-sgfq_CZ3iI

https://www.youtube.com/watch?v=2CRot7aQbQE

https://www.youtube.com/watch?v=ZxyHfMFIGOw

https://www.youtube.com/watch?v=05l9jLJRQio

https://www.youtube.com/watch?v=hL5-at8N92U

https://www.youtube.com/watch?v=iKKLouX_Tds

https://www.youtube.com/watch?v=R9RWGghWLP4

https://www.youtube.com/watch?v=tDutzZmPHy4

https://www.youtube.com/watch?v=uImPgExnM8M

https://www.youtube.com/watch?v=WAMWbldt8Fc

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tan aguda y precisa, tus publicaciones son muy descriptivas!